Por Melina Bertocchi

Publicado originalmente en la Revista Poder

Por esas cosas de la vida, y por esas preguntas que pocas veces hacemos a los viejos, el otro día le pregunté al mío, nacido en Montevideo, qué vino tomaba en su época adolescente y cuáles eran las costumbres en el Uruguay de los años 60.

Su respuesta, como era de esperarse, nada tiene que ver con lo que tomaba yo a mis quince años (digamos 18 para evitar suspicacias). –“Tomábamos vino llamado “harriague”, que hace referencia a la uva con la que se producía, que era de origen vasco. Cada dos semanas, mi papá me mandaba con una damajuana de cinco litros a la bodega de un señor a cuatro cuadras de la casa, para llenarla, y eso se consumía a diario”.

No se trataba de un “mal llamado” vino dulce, ni tampoco de un vino importado. Era su vino local, seco, con cuerpo y que con el tiempo se convirtió en el aplaudido Tannat, nacido al sur de Francia e introducido por primera vez en el país sureño por Pascual Harriague, pionero en la viticultura uruguaya.

Pero mientras eso ocurría al extremo sur del continente, en Perú ya había arribado la vid hacía mucho más tiempo (en la primera mitad del siglo XVI). De hecho, fue el primer lugar de Sudamérica que la recibió, pero además de ser pioneros en esto, también fuimos pioneros en cuanto a técnicas de vinificación. Cristina Vallarino, quien está dedicada hace 16 años a difundir la cultura del vino en el país, me contó que fue Tacama el productor responsable de la primera fermentación maloláctica en Sudamérica. Un dato histórico para el desarrollo de la viticultura en el país y en el continente.

Quizás si este avance no se hubiera visto interrumpido por la inclemencia del terrorismo en los años 80, y la reforma agraria impuesta por Velasco en los años 70, que afectó el desarrollo de las tierras y los cultivos, otra sería la historia vinícola de la tierra incaica.

Pero algo que ninguna reforma ha podido cambiar, es el gusto del paladar peruano. Su irrefutable inclinación por el dulce tanto en la comida como en las bebidas -buena prueba de ello es su inseparable Inca Cola, que personalmente prefiero antes que otros refrescos- y que la mayoría de los consumidores no encuentran dulce. Lo mismo ocurre con los postres; el suspiro a la limeña, deliciosa expresión del postre tradicional, puede empalagar con dos cucharadas a quien no ha crecido con ese sabor.

Pepe Moquillaza, productor del auténtico pisco Inquebrantable, recuerda que hace 30 años, en plena época del terrorismo, llegaron los primeros tetra pack, conocidos como radioactivos, y reafirma el gusto siempre dulce del peruano que le dio fuerza a la producción nacional, y destaca en una nota tan sincera como cruda, que: – “El paladar del peruano luego se deformaría con los “borgoña””. Mal llamados así, porque la variedad con que se producen estos vinos es la Isabella de origen español, de la familia de la Vitis Labrusca, relacionada a la Vitis Vinifera, pero mucho más rústica, por lo que no resulta en grandes vinos.

Cristina Vallarino también recuerda las “toxicajas” (los tetra pack que vendían por la avenida Javier Prado). “Es increíble, en ese momento lo ficho era el Black Tower o Liebfraumilch”, comenta.

Soledad Marroquín, comunicadora gastronómica, se refiere a lo que significó el ingreso de vinos importados. “Nuestro paladar fue formado por el Cabernet Sauvignon chileno, con la famosa botella redonda de Undurraga o el Gato Negro.” El vecino chileno hizo su ingreso con marcas grandes y fuertes (Casillero del Diablo, Montes), y si algo hay que reconocer es la capacidad de competir en cuanto a relación calidad-precio. Hasta hace casi 10 años, los vecinos representaban casi un 80% del mercado de vino importado en el Perú. Esto hasta que los argentinos despertaron y los peruanos descubrieron ¡el MALBEC!

Cundo llegué a Lima, en 2011, mi primera impresión fue la de una gran “malbeckización” (aunque el término no figura en el diccionario), y me preguntaba qué habían hecho los argentinos para conquistar de una forma tan arrolladora el paladar peruano.

Las primeras bodegas como Montchenot y López abrieron la brecha hasta que el gigante de Navarro Correas invadió los estantes. Aún me sorprendo con la popularidad que mantiene esta bodega, impulsada en el momento por la multinacional Diageo. Para algunos peruanos, el Colección Privada de Navarro no falta en su despensa. Sin duda, un buen ejemplo del efecto marketing y recordación de marca, sumado a un estilo fácil, donde la barrica prevalece muchas veces sobre la fruta.

Luego de mucho analizar, creo que el Malbec es la variedad que más se acerca al estilo del paladar peruano. Es fácil, ligero en su juventud, con notas de vainilla y tabaco cuando pasa por barrica, con notas especiadas que podría haber por ejemplo en los picarones (clavo, canela) y con ese dulzor que alcanzan los Malbec cosechados muy maduros.

Pero hay una brecha que se abre aún tímida entre los paladares y las cartas de vino de varios restaurantes, una que puede cambiar y dar un giro mucho más interesante a la oferta vinícola en el país: La siempre variada e interesante propuesta europea.

Creo que es suerte y curiosidad lo que ayuda al paladar a evolucionar, y con eso nuestro gusto por el vino. Catar, catar y catar, con mente y paladar abierto. ¡Salud!

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Mostrando 4 comentarios
  • Lindsay Morriss
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    Great story, Mel. Full of some very interesting history, too. I wish we had the chance to visit Tacama when I was there, but I guess that means I’ll just have to come back to Peru!

  • Carmen Salas
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    Interesante, sabroso e invitante articulo!

  • Marlene Cecilia Villegas
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    Acertado artículo sobre el desarrollo y vida del vino en Perù..interesantes historias y tradiciones que harán más irrenunciable mi pasión por el vino.

  • Rosa Ramírez
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    Que artículo tan interesante y fresco!!! Se nota mucho conocimiento y una pluma que te lleva de la mano por las historias que nos cuentas.

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