Por Melina Bertocchi

Esta es una pregunta que me he hecho en repetidas ocasiones. ¿Cuántos de nosotros los que leemos esta revista hemos tenido una copa llena de este mítico vino francés de la región Bordelesa de Pomerol, considerado uno de los vinos más caros del mundo?

El precio promedio de un Pétrus en una añada “normal”, alcanza fácilmente los €1000, y puede alcanzar los €3 mil y hasta €5 mil.

Podría decir que he sido una de las afortunadas que ha visitado la propiedad; por allá en 2010, cuando estudiaba el Master en Comunicación de Vino en Bordeaux, y fuimos como parte de las actividades. Recorrimos el viñedo – donde hay poco más de 11 hectáreas en su mayoría de Merlot – y luego catamos el vino que aún estaba en botella, antes de salir al mercado.

¿Fue esta una experiencia que me cambió la vida? La verdad es que más allá de la emoción de visitar y probar uno de los vinos más apreciados del mundo; cuando volví a mi pequeño estudio en el Quai des Chartrons, y descorché una botella de diario, de uno de los cientos de Bordeaux Superieur de buena calidad, me sentí bastante complacida y relajada; tal vez por aquello de las expectativas.

Aquí va una reflexión para los sommeliers y sobre todo quienes trabajamos en el mundo del vino.

¿Qué ocurre si mis referentes de vino, los que formaron mi paladar son más sencillos, más simples que los grandes clásicos? ¿Qué pasa si no pruebo ninguno de los cinco Premier Crus de Bordeaux? ¿Chateau Lafite-Rothschild, Chateau Latour, Chateau Margaux, Chateau Haut-Brion y Chateau Mouton-Rothschild? Si nunca tomo una botella de Vega Sicilia o disfruto la sorpresa de un Sassicaia. ¿Hay algo malo en eso? ¿Es acaso un paladar indigno o poco apto para dar explicaciones o desarrollar un criterio interesante que genere eco?

Tal vez para algunos “entendidos”, hacer un check mark como una lista de mercado, donde figure que han catado estos vinos puede ser determinante para considerar que su paladar es entendido, pero lo cierto es que quienes realmente pueden hablar con propiedad de vinos de esta magnitud, que buscan finalmente transmitir una pasión, un suelo específico, un historia, necesitan ser parte de eso de alguna forma.

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Alguien como el conde Gelasio Gaetani, toda una personalidad en el mundo del vino italiano, que nació en Roma, pero vivió entre los viñedos históricos de la zona de Montalcino en Toscana, asegura que para poder opinar con propiedad sobre un vino, hace falta que lo pruebes al menos durante varios meses. Tu cerebro procesa la información una vez, pero la primera impresión no es suficiente. La realidad de quienes nacimos y nos criamos en el “nuevo mundo”, es que hemos crecido probando lo que teníamos al alcance. Los más afortunados que nacieron entre los viñedos mendocinos, seguramente tienen como referente vinos que difieren del estilo de los Malbec más “comerciales”. Pero en el caso del Caribe, a pesar de tener una oferta amplia de vinos de todo el mundo, no nos salvamos de la dulce “leche de la mujer amada” o espumantes dulces como “Fresita”.

Cuando escuché de Wine for Food, proyecto audiovisual de un director canadiense que se basaba en recorrer Argentina de norte a sur en un carro provisto sólo con botellas de vino, pero de las mejores bodegas, con los vinos ícono, haciendo “trueque” de vino por alojamiento y comida, no pude evitar imaginar cuál sería el resultado. La dinámica del programa era, además de la aventura que podía representar el viaje, el confronto de la realidad desde un punto de vista de supervivencia, donde la única arma que tenían era las botellas más costosos, aquellos por los que muchos de nosotros pagaríamos cientos de soles. Para esas personas, la mayoría muy humildes con una realidad completamente diferente, los vinos de ese nivel y de ese estilo, no eran tan especiales, más bien los evitaban porque se sentían fuera de su ambiente, y preferían volver a lo que conocían.

Si tomamos el caso de China, país que ha avanzado enormemente en cuanto a consumo y también producción de vino en los últimos años, etiquetas como Petrus o Lafite son símbolo de poder e imagen. Muchas veces pueden dar opiniones a la ligera, que seguramente para muchos franceses serían una ofensa. Pero no es su culpa, el paladar asiático está lleno de té como referente principal de las bebidas, incluso a la hora de comer.

Entonces no se sientan mal o menos “privilegiados” si aún no llega a sus manos una copa llena de Petrus o Lafite. No crean que por eso no se puede opinar con propiedad de vino.

Juzguen según sus referentes, seguro será más acertado que hablar por tratar de impresionar o adelantándose al momento. ¡Salud!

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