Como en el amor, no escogemos de quién enamorarnos; simplemente sucede. En el vino es similar. Uno no imagina qué vino le marcará los recuerdos hasta que llega ese momento, esa persona especial que lo descorcha, con quien lo compartes, o esa comida inolvidable. Lo que sí es cierto, es que para que esa conexión ocurra, en ese momento, debe haber una serie de factores previos, de experiencias, de aprendizajes que nos lleven a conectar con ese vino o con esa persona.

Por algo, lo que tomábamos a los veinte años – así como nuestro ideal de persona – normalmente difiere, de lo que tomaremos – o de quien nos atraerá – a los treinta o a los cuarenta. Siempre recuerdo una noche en mi casa en Caracas, en una de esas fiestas quinceañeras con mi amiga Gabriela. Era de madrugada y queríamos brindar una vez más. Hurgué en mis cajones, en mi closet, a  ver si por casualidad encontraba alguna botella “olvidada” o “escondida”. Y me di con una de Campari. Ese color rojo nos hablaba de algo picante en nuestra imaginación. Era lo que había, así que lo bebimos; pero casi casi fondo blanco – acá, seco y volteado -. Hasta el sol de hoy recordamos esa experiencia porque después de varios años, tanto Gabriela como yo somos fieles compradoras y bebedoras de Campari, cosa que entonces jamás hubiéramos imaginado. Así pasa con las bebidas, las comidas y a veces también con las personas.

Mis experiencias “serias” con el vino iniciaron en 2009, cuando dejé Venezuela para estudiar un Master en Comunicación de Vinos & Espirituosos en la mediterránea ciudad francesa de Bordeaux. Vivir en Europa es de las cosas más importantes para quien desea dedicarse al mundo del vino. Ahí te cambia el panorama. Te dan un par de cachetadas en la mente y en el paladar. Luego de entender y conectar con los vinos franceses y del “viejo mundo”, todo se ve más claro – o más confuso – y el universo de sabores y recuerdos va en franco aumento. Ya no hay vuelta atrás.

Después de Francia, viví en Italia por trabajo. Otro año. En el norte. Gambellara, Montebello, Vicenza. Lugar de origen de la familia Zonin, el productor de vino privado más gran de este país, y uno de los principales. Era Asistente de Marketing en la sede principal. Otro universo de posibilidades. Entender cómo funciona una empresa de esa magnitud, manteniendo el aspecto familiar presente en los detalles, en la toma de decisiones durante las juntas con el Presidente del directorio; en los almuerzos de cada día. Ser testigo de todo eso y de la expansión que ha logrado en estos años, suma puntos al vino.

Entre aquí y allá, decidí instalarme en Lima en el 2011. Era el momento adecuado, y con madre peruana todo se hacía más fácil. Así que anclé en la búsqueda de oportunidades para entregar el conocimiento y la experiencia que había adquirido en Europa, luego de todo lo que aprendí y todo el vino que bebí por allá en poco más de dos años. El resultado, después de 5 años, es más que positivo. Experiencia comercial, trabajo en medios, eventos, catas, clases de vino, y ahora, mi página web. Aquí recojo anécdotas de lo vivido, de los viajes que hago, de los vinos que cato a diario, los personajes que conozco y admiro; pero sobre todo, de lo que el vino provoca. Pero no solo el vino, sino aquello que lo acompaña. Esas armonías con productos como el chocolate, el aceite de oliva, y más.

¡Bienvenidos! Bebamos, brindemos y vivamos.

El poder del vino y de la palabra.

¿Qué dice su origen?

¿Qué buscan los productores?

¿Qué significa una añada excelente y una menos buena?

¿Qué plato acompaña mejor un vino joven o uno más intenso y complejo?

Conversamos con el consumidor para saber qué quiere, qué espera de un vino; cómo escoger la mejor relación calidad-precio.

El mundo del vino, los espirituosos y la comida no tiene límites.

¡Exploremos juntos!

por Melina Bertocchi